El día 26 de septiembre, descansado, bien comido (a la gallega) y contento de los buenos ratos pasados con mi hermano, abandono Galicia pronto por la mañana rumbo SE. Así como la Terra Galega me recibió con un día atípicamente soleado y caluroso, esa mañana me despedía con una característica lluvia fresca que me obligó a equiparme bien para el viaje. La lluvia y el frío me acompañarían 550 km de los 600 que tenía hasta Madrid.
Y allí, en la capital, me esperaba una bonita tarde soleada y mis primos Jaime y Gonzalo que nos despidieron al iniciar el viaje desde allí seis meses atrás.
Volver a verlos en el divertido loft de Jaime, contarles el viaje, las experiencias y las sensaciones; recibir la vienvenida de los últimos que nos despidieron fue un momento de sensación de cerrar el círculo. Emotivo, alegre, cálido.
Muchas gracias Jaime y Gonzalo por esos vinos bien acompañados de acogimiento familiar!
Viernes 27 por la mañana, amanece un día espléndido (como diría el abuelo) para disfrutar de los emotivos últimos 600 km de viaje en moto.
La A2 y la AP2, prácticamente para mí solo, se me hacen preciosas carreteras que me llevan relajadamente a buen ritmo hacia Barcelona.
Para dejar buen sabor de boca, la jornada me tenía reservado un par de entrañables encuentros para rememorar la camaradería vivida en la carretera todos estos meses.
En una gasolinera, llegando a Zaragoza, coincido con Javier, un veterano motorista al que había adelantado y saludado 50 km atrás. Javier resulta no solamente ser un veterano de la carretera sino un veterano de la medicina militar que acude a un encuentro en Zaragoza. Tras la clásica conversación motera de gasolinera, me diagnostica una epicondilitis en el codo derecho que explica el dolor que vengo sufriendo hace meses y el adormecimiento de la mano por las noches dentro del saco. Me augura una recuperación sin más una vez terminado el viaje y dejando de conducir 5 h al día....😅
En la última parada para repostar antes de Barcelona, atraída por la colección de banderas de mi chaqueta, entablaré conversación con Inga, la mujer que atiende la gasolinera más bonita de mi viaje en el Alt Camp. Resulta ser Ucraniana y mantenemos una delicada pero interesantísima y cariñosísisma conversación con respecto a mi experiencia en Rusia y su conocimiento del conflicto... Una hora de café y cigarros que supondrá una bonita despedida y reflexión de las experiencias de carretera de este viaje.
Gracias Inga, flor de Jersón.
Km 39.450 de viaje, entrada en la Avenida Diagonal de Barcelona, recuerdo en la retina del fin de tantos viajes con esta vista de entrada a la Ciudad Condal.
Emoción fuerte: mezcla de alegría y nostalgia. Desfile de imágenes de una intensa realidad vivida que, semáforo a semáforo, van saltando del presente al cofre de los recuerdos imborrables.
Y casi sin darme cuenta, con una total sensación de normalidad, como si regresase de un fin de semana en el Pirineo, estoy de nuevo en casa de mis padres. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Las relaciones fuertes asumen el paso del tiempo de una forma especial. En realidad como si no existiese. Parece que fue ayer que nos despedíamos en el umbral de esta puerta en la que ahora nos reencontramos 174 días después (un día solar menos para mí).
Recibimiento en familia numerosa: Padres, Juan, María, Pedro, Simón, Pipe y Mati. Ahora sí la familiar sensación del hogar lleno de gente, de risas, de carreritas, de gritos, de llantos intrascendentes. El valor de las raíces...la felicidad comunitaria.
Tiempo igualmente para los amigos que quedaron aquí pero estuvieron siempre allí, como pasajeros ingrávidos a lomos de Khongor...
Gracias a TODOS por estar ahí. Por no dejar lugar a duda de que junto a vosotros es el mejor lugar del mundo en el que se puede estar.



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